Wembley se enamora del Barcelona

Hay finales que cualquier equipo necesita ganar para ser alguien en el fútbol, como la de 1992 para el Barça o la de 1968 para el Manchester, y hay trofeos que se impone conquistar para convertirse en una celebridad. Pocos como el de ayer en Londres. La leyenda del Barcelona y del United empezó por separado en el viejo Wembley, los azulgrana contra el Sampdoria y los diablos rojos frente al Benfica. Ambos regresaron anoche al mítico estadio inglés, ahora tan renovado como los propios clubes, para dirimir cuál de los dos marcaba época, después que los azulgrana ya derrotaran a los reds hace dos años en Roma. No hubo duda. La gloria fue de nuevo para el excelso Barcelona de Messi y Abidal.

Ahora mismo no hay mejor futbolista que Messi ni un equipo que juegue mejor al fútbol que el Barça, también en un terreno neutral, el más sagrado de Europa, el santuario de Wembley. Los azulgrana se coronaron tetracampeones después de una actuación irreprochable el día más exigente, frente al líder del fútbol inglés, en el mismo templo de Londres. Equipo de muchas camisas, al Manchester no le sienta bien el blanco. Alejado de la mística y liturgia del día, apareció para dar valor al éxito azulgrana y agrandar el romanticismo del Barça, más club y equipo que nunca después de una función colectiva estupenda y de un triunfo sin discusión de su afamada delantera.

La final de Londres empezó y acabó igual que la de Roma, como si no pasara el tiempo, igual de reconocibles los dos contendientes. La pelota no salió de la cancha del Barcelona durante cinco largos minutos y el jugador más exigido fue Valdés. Apretaron los ingleses, muy físicos y vitalistas, tensos en la presión y más ligeros y futboleros que nunca en la alineación. Fletcher descansaba y jugaban Valencia, Giggs y, por supuesto, Chicharito. No había manera de dar con Messi, perdido en la divisoria, volteado por Park, que le rebanó tres veces la pelota. A la cuarta, sin embargo, salió La Pulga del regate y se conectaron los azulgrana, más fáciles de identificar que nunca en Wembley. Había un cierto misterio sobre cómo jugaría el Barça. Los titulares llevaban mucho tiempo sin juntarse en un partido y la serie contra el Madrid resultó tan agotadora como desagradable, nociva para su fútbol. La suplencia del capitán Puyol aumentó una incertidumbre que se disipó cuando Messi apareció entre líneas y generó la superioridad numérica suficiente para descomponer al Manchester United.

El triángulo Xavi-Iniesta-Messi monopolizó el balón y los barcelonistas se ganaron fácilmente el campo y el área del adversario. Únicamente se trataba de aguardar al gol, cosa nada sencilla a veces en un equipo tan generoso en el juego como falto de pegada como es este Barça.

El valor más seguro en un partido de la categoría del de ayer es Pedro, infalible en los momentos más exigentes, quizá porque es la forma que tiene de agradecer que le pongan en la formación. El tinerfeño remató a la red la jugada que anteriormente habían marrado Messi y Villa. Los azulgrana estuvieron estupendos, filigraneros, también condescendientes en el área de Van der Sar y después en la de Valdés. Un fuera de banda de Abidal sirvió al Manchester para dejar constancia de su presencia en la final. Al más puro estilo Barça, robó la bola el United y Rooney no paró hasta dejarla en el marco, después de una doble pared, apoyada la segunda en un fuera de juego

La respuesta del Barcelona al error arbitral no fue ningún alegato contra los colegiados ni contra la organización, sino que se centró en un fenomenal discurso futbolístico en el campo, tan medido que a Guardiola le dio tiempo de sacar a Puyol, igual que actuó Cruyff con Alexanco en 1992, aunque la Copa la recibió Abidal, titular en la final después de superar un cáncer de hígado. Los barcelonistas supieron estar en el campo, donde solo cometieron cinco faltas, y en el palco, igual de exuberantes anoche que con el 5-0 que le endosaron al Madrid, cuando empezaron a dibujar el mismo doblete alcanzado en 1992, 2006, 2009 y 2011.

Rápido de pies y cabeza en la circulación del cuero, consciente de su inferioridad en los balones divididos, al Barcelona solo le faltaba afinar la puntería para resolver un choque tan bien madurado. El partido se puso entonces estupendo para un jugador universal como Messi. Aunque a veces se relame ante la portería, no conviene flotarle, como dispuso la defensa del United, convencida de la esterilidad del Barça. La Pulga tomó la pelota de Iniesta, la paró, la acarició y la tocó en dirección al balcón del área para enganchar un violento zurdazo al que no pudo responder Van der Sar en su último partido.

Un gol repetidamente visto y, sin embargo, siempre esperado, imposible para el adversario, decisivo para el Barça, que no tardó en certificar el triunfo con un celestial tiro de Villa a la escuadra, muy bien visto por El Guaje, más certero que Alves y el propio Messi, quienes durante un rato se rifaron el chut en una final como los niños cuando pelotean en el recreo. Hubo momentos también para divertirse, para honrar al driblinginventado por los ingleses y el passing-game patentado por los escoceses, para mezclar las dos suertes como solo hace el Barça, que rompió a jugar el día señalado con la determinación precisa de un novato y el refinamiento de un singular tetracampeón.

Nadie hace silbar el balón como el Barcelona, exquisito en el juego de asociación y al mismo tiempo entregado al jugador más determinante de la época, Leo Messi. La Pulga y el Barça forman hoy una asociación imparable en cualquier campo del mundo. Wembley no iba a ser la excepción sino que era el sitio indicado para certificar la jerarquía y grandeza del Barça seguramente más romántico de la historia.

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