Dividen honores Real Madrid 1-1 FC Barcelona

De un partido que pocos rebobinarán todos salieron contentos. El Madrid, a rebufo azulgrana en los últimos años, tiró serpentinas con un empate en su estadio. El Barça, que tuvo a su adversario sonado, tiró confetis con un punto que le deja a un dedo del título de Liga. El duelo, arisco y con demasiadas cornadas, puso al Madrid más cerca que nunca de su adversario, con lo que ello puede suponer de autoestima de cara a las batallas que se avecinan. A ellas llegará el Barça con la Liga casi en la mochila, lo que no es poco. Para lograr ambos su objetivo, las vías no fueron museísticas. Al equipo madridista le faltó grandeza en su conservadora puesta en escena; al azulgrana, ambición para matar el duelo cuando tenía todas las velas a favor.


Interiorizada la superioridad azulgrana en los últimos tiempos, Mourinho alteró el registro del equipo y quiso ganar el partido no imponiendo las virtudes de su equipo, sino anulando las del contrario. No le importó que se trate del Real Madrid. El técnico portugués diseñó una alineación defensiva, con los once futbolistas por detrás de la pelota y Pepe como empleado en la barricada central y el arquitecto Özil en el banquillo. Toda una declaración de intenciones que hacía presagiar un duelo con mucho colmillo. El Madrid se propuso candar el partido, deforestar el geométrico fútbol barcelonista, interrumpir las líneas de pase del rival. Para ello, nadie regó la hierba de Chamartín, para que la pelota se frenara. Como segunda misión, salir a la contra, compleja aventura incluso para titanes como Cristiano ya que el conjunto madridista plantó la trinchera muy lejos de Víctor Valdés.

Por contra, el Barça, que no está dispuesto a abdicar, no se inmutó. No corrigió un milímetro su ideario y puso el empeño habitual en colonizar el juego a partir del balón. Pero el cierre de su adversario le obligó a ser muy moroso con la pelota. Con este guión, el encuentro discurrió con un palique azulgrana con el balón y un Madrid bajo llave y en combustión. Con el Barça encapsulado, el partido no tuvo soltura hasta la expulsión de Albiol, solo algunos brochazos. Emboscados los creadores azulgrana, Xavi e Iniesta, el equipo catalán no encontró cómo poner punto final a su monocultivo con el balón. A punto estuvo de conseguirlo Messi en dos ocasiones, pero se interpuso Casillas. Y también Villa, atropellado por el capitán madridista. A Muñiz Fernández, el árbitro, no le pareció penalti.

El Madrid amenazó sobre todo en los saques de esquina. A punto de concluir el primer acto, tras un córner, Ramos cabeceó hacia Cristiano y el luso, también con la frente, estuvo a un dedo del gol. Lo evitó Adriano bajo el larguero. Al descanso, el Madrid había logrado su primer objetivo, desactivar al cuerpo vertebral del Barça. En la selva, Iniesta, Xavi o Alves, apenas tuvieron peso en el juego.

A la cita le faltaba picante, una jugada que desabrochara el juego, algo sustantivo. Ocurrió apenas de vuelta al acto final. Al Madrid le salió cruz. Cristiano, magistral en su particular ejecución de una falta, estrelló el balón en el poste derecho de Valdés, que ni vio llegar la pelota. Fue el descorche necesario para un duelo que demandaba algo más de fútbol protesta. De inmediato, Villa, empeñado en recibir las asistencias al pie, hizo el segundo desmarque al espacio en todo el encuentro. En el primero le había derribado Casillas, en el segundo, lo hizo Albiol cuando el asturiano iba directo a portería. Embocó Messi y el central madridista fue expulsado, lo que le impedirá jugar el miércoles la final de Copa.

El tanto tuvo un efecto perverso para los azulgrana. En ventaja y en superioridad, el conjunto de Guardiola se desvirtuó. Le faltó el descaro, lo que tantas veces le ha caracterizado, para sellar el marcador. La lesión de Puyol, que reapareció por sorpresa, resultó indigesta para los culés. Su entrenador alteró dos líneas para reparar una. Busquets se fue el eje defensivo central y Keita irrumpió en el medio campo. El Barça perdió el hilo, se hizo largo.

La respuesta del Madrid fue muy meritoria. A lo largo de su historia siempre ha sido un equipo muy machote, más si cabe cuando las situaciones requieren de épica. Si el Barça se acalambró con el dolor de Puyol, el Madrid se revitalizó, curiosamente, a partir del juego que antes se había negado a sí mismo. Y todo desde Özil, el trovador condenado al inicio. Con el alemán como satélite, el Madrid tuvo fe. Y premio: Muñiz, desnortado toda la jornada, vio por la cerradura un penalti de Alves a Marcelo. No lo pareció, pero el observatorio de este árbitro es indescifrable. Si tan convencido estaba de la infracción del lateral barcelonista, éste, que ya tenía tarjeta, debió ser expulsado. Tan particular es este colegiado, que en sus constantes intenciones diplomáticas consintió de todo a Pepe, pasado de frenada en muchas jugadas. Y nada le dijo a Messi, que sufrió un cortocircuito en un innecesario y violento despeje hacia la grada.

Feo de inicio y bronco al final, el primer asalto del maratón no dejó fútbol, sino materia para la discusión arbitral. Muy pobre. El miércoles, segundo episodio.

Jorge G Perez.

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